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Publicado

abril 5, 2024

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Por Irani Larios |


Cuando me invitaron a esta mesa lo primero que pensé es en intentar responder la pregunta que da nombre a este diálogo: “¿A poco muy intelectuales los trabajadores editoriales?” Y pensé que se trataba de una pregunta retórica, pues efectivamente se necesita algo de intelecto (y una pizca de creatividad) para poder hacer un libro. Pero luego me asaltó otra duda: “Y a todo esto, ¿qué es un intelectual?”, y como no quisiera entrar en camisa de once varas intentando definir un concepto que cambia según el siglo en el que se defina, diré lo que yo creo que es un intelectual, y este es un agente de cambio, un sujeto cuya ocupación trasciende a los planos político y social. Y es en este sentido que contestaría que efectivamente son los trabajadores editoriales intelectuales contemporáneos en tanto que su labor es parte de un engranaje cultural que posiciona ciertas ideas en el orden del discurso, lo que permite la transformación social y política de su contexto.

Ahora bien, ¿quiénes son esos trabajadores? Y en este momento quisiera detenerme a preguntarle al público quién y cómo piensan que se hacen los libros. Por lo general, cuando la gente piensa en esta pregunta vienen a su mente dos figuras: la del autor y la del editor. Pero, para acabar rápido, y parafraseando un dicho común entre los trabajadores editoriales: “los autores hacen textos, los editores hacen libros”. Esto quiere decir que los autores son esas personas que contribuyen con sus ideas, mientras que los editores son aquellos que deciden publicarlas en formato de libro y hacerlas circular. Pero hay algo más allá de estas dos figuras, y esos son los trabajadores editoriales, hablo de los editores técnicos, correctores de estilo y de pruebas, diseñadores, impresores, encuadernadores, entre otros, cuya participación dependerá del tipo de sello editorial o de libro que quiera publicarse. Pero esta cadena de producción no es nueva: el libro desde que es libro ha necesitado de varios pares de manos para su realización.

A lo largo de la historia, algunos trabajadores del libro han dejado rastros de su labor no sólo en los libros en los que colaboraron, sino que también se han encargado de escribir y publicar libros sobre el quehacer editorial: manuales de imprenta, de diseño editorial, de cuidado de edición, etcétera. Y estos esfuerzos de los trabajadores del libro por producir herramientas para guiar a quienes vienen detrás de ellos es una muestra del trabajo intelectual que pueden desempeñar, pues, más allá de lo técnico y práctico de sus respectivas tareas, hay una preocupación por preservar una tradición que durante mucho tiempo se transmitió de manera oral, ya sea en los monasterios o cuando el libro se liberó de su largo enclaustramiento medieval.

Hace unos meses tuve el privilegio de participar en el registro de obra y montaje de la exposición Los trabajadores de la edición y sus herramientas intelectuales —la cual inició en la Biblioteca Miguel Salinas, en Cuernavaca, Morelos, pero pretende ser itinerante y presentarse en otros recintos culturales del país— y en ese sentido pude acceder a manuales que fueron encargados directamente por los libreros (que eran los editores en algún punto de la historia) a sus impresores, pero también podemos ver un libro producto del trabajo final de dos alumnos de un taller de tipografía; léxicos o diccionarios tipográficos que nacieron del deseo de sus autores de transmitir a sus colegas su conocimiento y homogeneizar y optimizar así su tarea, etcétera. Llamaron mi atención los libros hechos por investigadores y académicos que se enfocan en el libro, su historia y sus procesos, pues, estos libros hechos por lo que hoy también podríamos considerar un “intelectual” representan este salto histórico de la producción de libros de los trabajadores editoriales hechos para sus colegas a libros hechos desde la academia para académicos y también para los trabajadores de la edición. Esto no es queja, es un hecho. No obstante, quisiera invitar a los colegas a seguir produciendo nuestra propia bibliografía, hacer libros que dirijan la discusión del quehacer editorial a otros planos en donde debemos poner atención, por ejemplo, quiúbole con nuestros derechos laborales, o de qué manera autocuidarnos para no caer en el workaholismo, que es bastante común en nuestro medio, pues ¿cómo no nos va a gustar trabajar 10 o más horas si nos dedicamos a lo que nos gusta? O el tema en boga: ¿pueden las Inteligencias Artificiales reemplazar nuestra tarea editorial? En fin, cuestionar lo establecido y pensar otros libros posibles y otros métodos.

En suma, cuando miro la producción editorial existente sobre la labor editorial me queda claro que no somos ejecutivos que sólo aprendimos a manejar una máquina o a realizar una tarea, sino que nuestra labor, como el mundo mismo, es dinámica, y en ese sentido debemos cuestionar y razonar cada tarea que se nos presenta para estar a la altura de estos tiempos.

 

* Texto presentado en la mesa de diálogo “¿A poco muy intelectuales los trabajadores editoriales?”, con la participación de Sebastián Rivera Mir, Carlos Gallardo y la autora, en el marco de la Fiesta del Libro y la Rosa, en la ciudad de Cuernavaca, Morelos.

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